viernes, 17 de diciembre de 2010

La Edad Media en las políticas del siglo XXI.



Para muchos, las declaraciones públicas de tenor religioso que exponen las nuevas autoridades de gobierno son asuntos que no gravitan mayor importancia en la polis. Para otros, pueden sonar  hasta cómicas las frases construidas en base a términos políticamente anacrónicos como "blasfemia" o "tentación diabólica". Pero el fenómeno no debe tomarse a la ligera, porque no estamos hablando de hechos aislados que se deslizaron con poca fortuna de la boca de algún deslenguado político, estamos frente a una constante que no encuentra eco opositor en la clase política, lo que  nos deja desprotegidos frente a un lenguaje medieval de cara a una sociedad adormecida sobre la importancia de la lucha laica en Chile.

En las últimas décadas el concepto "laico" se ha desvirtuado, y su uso abanica desde el concepto de "cura sin sotana" hasta el anticlericalismo. Así, ante esta realidad ontológica, los laicos nos referimos en la actualidad al "Laicismo" como una filosofía de convivencia social que garantiza la libertad de conciencia y de culto individual dentro de un orden colectivo de respeto a la diversidad. El Laicismo asimila a cada humano y humana, como un ser biológico y espiritual único, libre de conciencia e irrepetible, que gracias a; elevados principios humanistas, logra convivir en armonía con el resto de las individualidades que conformar en tejido social.
Estos valores libertarios sólo pueden anidar en una mente sea capaz de dudar, en libertad de conciencia, sobre las verdades que se imponen, con o sin doble intención, desde el entorno social. De esa forma todo individuo en base a su contexto personal construye su propia verdad y su camino espiritual si le es necesario.
Para el mundo laicista, el Estado no debe ser instrumentalizado para la conformación de una espiritualidad particular en la sociedad. Si el aparato del Estado llegase a ser utilizado para favorecer a una sola concepción religiosa, estamos frente a un atentando contra derechos fundamentales del individuo.

Grandes laicos (laicistas), forjadores de la historia de Chile y defendiendo los mismos principios que les he nombrado, lograron vencer al fundamentalismo religioso de la iglesia Católica obteniendo garantías de libertad de culto y pensamiento para toda la sociedad. De esa manera aparecieron en nuestro país los cementerios para disidentes (no católicos), la educación laica, pública y gratuita y la separación (tímida) de la Iglesia y el Estado, marco fundamental para garantizar la libertad de culto y de pensamiento en una sociedad moderna, diversa y libre.

Pero con el golpe militar de 1973 la tríada; capital extranjero, armas y fundamentalismo conservador, volvió a dominar la esfera pública y con las atribuciones desenfrenadas que permite una dictadura, se reinsertó el brazo político del catolicismo conservador en los poderes del Estado. Ya con la vuelta de la democracia en los 90 los grupos fanáticos católicos (Legionarios de Cristo y Opus Dei) lograron asirse de un sin fin de escaños en el parlamento que mostraron sus visiones conservadores y dominantes sobre el espíritu humano en discusiones socio-políticas como: el divorcio, los derechos sexuales y reproductivos, el aborto y eutanasia, la educación sexual en las escuelas públicas, el derecho a estudiar de las adolescentes embarazadas. Se llegó a censurar el cine y la parrilla programática de la televisión, práctica que sigue hasta nuestros días.

Las sociedades desarrolladas no sólo son calificadas como tales porque alcanzan altos niveles de desarrollo económico, también son sociedades que han aprendido a convivir entre diferentes concepciones de verdad espiritual en un marco político de garantías para que eso ocurra. Independientemente que la mayoría social se considere afín a una religión, el Estado debe permanecer neutro frente a concepciones de carácter religioso como fundamento para la legislación, dejando que cada individuo decida en libertad el cómo desea concebir su espiritualidad y pensamiento.

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