lunes, 3 de noviembre de 2014

Escribir bajo la mirada de Bukowski


Y así me dejó Bukowski, desarmado. Le dio un manotazo a la idea, pero no castigándola, sino enmarcándola. "Así que quieres ser escritor" pone las palmas de mis manos frente a mis ojos y me obliga a buscar dentro de mi cabeza los impulsos desordenaos del por qué escribo mis pensamientos. De seguro el ego tiene algo que ver, me gusta el reconocimiento, que se confunde con afecto, pero sirve igual. Como los jugos en polvo, el reconocimiento la da sabor a la vida, pero no la alimenta. Quizás sea por eso. Igual me tomo los jugos en polvo.

Pero también escribo cosas para mí, y el gusto por la palmada en la espalda se diluye. No todo es para los otros, tenemos cosas para uno mismo. Y no le llamemos egoísmo a la intimidad que uno tiene con sus pensamientos, para qué andar con cosas, no todo lo que se piensa es decente, aceptable e incluso humano. Por mi cabeza desfilan ideas absurdas, miedo, odio, apetitos asquerosos e intenciones vergonzosas, pero son ideas castradas, sin empuje más que su construcción misma, alternativas que se ofrecen para no olvidar que podemos ser demonios o ángeles, todo el potencial del bien y el mal en un mismo sujeto, en cada uno de nosotros hay una bestia cuya gula nunca estará satisfecha si la liberamos, y la adicción de someter a los demás es el combustible.

Y ahí están mis manos, obedeciendo la necesidad de mirar las ideas, frente a frente, en la hoja de papel o en una pantalla de realidad electrónica, escribo las cosas horrorosas y la borro. No me parece difícil convivir con mi propio Mr. Hide, es más le necesito, pues no niego que a veces la ira y el odio palpitan de vez en cuando en mi pecho, pero no buscando pasar del sentimiento al verbo, sino que está ahí para recordarme que soy un animal que busca domesticarse.

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