lunes, 20 de septiembre de 2010

El débil José Gutiérrez.


Los gallos comenzaban antes del alba a inquietarse, se preparaban para desprender de sus gargantas plumíferas un canto de despertar. Así mientras la naturaleza se prepara para recibir el nuevo día, José Gutiérrez yacía extendido en su catre con sacos rellenos con paja. Gracias a sus párpados cerrados como cortinas de inocencia, soñaba casi todas las mañanas que montaba a todo galope un potro negro entre medio de nubes de colores que saben a mermelada de durazno y a pan de anís. Arropado hasta los hombros, las mantas de lana casi cruda, cubren el descanso de sus brazos débiles. Sabía que el trabajo del campo y él nunca sería compadres. Sus magros bíceps y tríceps no le daban tregua. Por más que intentó montar, arar y cargar ,ellos  en su rebeldía corpórea se negaban a hacer el trabajo por no más de unos minutos. La familia estaba triste y resignada por la huelga permanente de las extremidades de su hijo y por esa mente infantil que parecía nunca estar en los planos terrenales. Se podía ver a José observando la tierra que juntaba con sus manos, disfrutaba de la navegación de una rama por el estero de las chacras o  no era extraño sorprenderlo conversando con la chancha del corral. Así de cuerpo débil y de mente difusa, era amigo de las plantas, del agua que bajaba de las montañas y del canto de las aves. Así un día, aparece en la tierra que trabajaba su familiauna joven loca con guitarra al hombro. El patrón de la hacienda, gustoso del canto popular, había conseguido que la joven cantaora fuese a mostrar su arte en la fiesta tradicional del pueblo. Allí José conoció a Viola, ella parecía una estrella con piernas, como dijo alguna vez. Emborrachado de tanto ángel poético con ese andar de pies ligeros, José como nunca antes con a un extraño, corrió hacia donde estaba ella y le tomó la mano sin permiso. Viola sorprendida, se queda mirando esos grandes ojos, negros y de mirada profunda y melancólica, en ese momento ella comprende para qué estaba ese niño en este mundo. Luego del permiso de los padres, José junto a Viola toman rumbo al pueblo para la fiesta de cosecha. Ahí en medio del jolgorio, guitarreos y payas, la sangre musical del joven hizo volcán a través de los páramos de su timidez. Nuca más soltó una guitarra, sus brazos inquietos e infatigables no dejaron de producir melodías para acompañar sus historias de campo, cantos sobre el viento y del trigo al crecer. Así José Gutiérrez trasladó el campo entero y sus secretos a las melodías de la guitarra y a las nobles rimas que hablan de la magia de la tierra.

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