domingo, 12 de septiembre de 2010

La necesidad de separar la Iglesia del Estado. El laicismo como camino de convivencia y libertad.



Todas las personas son diferentes, desde su genética hasta el medio socio-ecológico que los rodea. Somos seres particulares, únicos e irrepetibles. También somos animales comunitarios, familiares, de clanes, de grupos, de identidades, somos una especie con sentido y necesidad de pertenencia. Lo complejo entonces es saber congeniar nuestra particularidad con nuestro impulso de sociabilizar con otros.
Los seres humanos nacemos con el potencial, derecho y necesidad de ser libres. Libres de poder decidir qué queremos hacer con nuestras vidas, de elegir cuál será mi fuente de felicidad y de realización personal, libres de aprender y explorar nuestros sentidos y deseos, de caminar por nuestras verdades y darle sentido a nuestra vida en base a lo que consideramos beneficioso para nosotros.

Ese hermoso potencial libertario debe ser articulado con los hermosos potenciales de los demás, simbiosis utópica que formaría una sociedad en donde cada cual podrá desarrollar sus deseos y máximo potencial socio-cognitivo en convivencia y coherencia con el resto de los sujetos que le rodean. Lamentablemente así como nacemos con la virtud de hacer el bien, lo bello y lo justo, podemos ser avaros, egoístas, insensibles y desproporcionados. Por estos motivos, el ser humano en su lucha constante dicotómica de sociedad/individualismo ha desarrollado durante su historia regulaciones, impuestas-autoritarias o acordadas-democráticas que para bien o mal intentan siempre por medio de la coercitividad, forzar a los individuos a limitar sus libertades en beneficio de un bien mayor.

Estas leyes regulatorias siempre tienen un origen filosófico, un núcleo central ideológico que da el sentido a la sociedad que deseamos formar. Así cada cultura desarrolló sus propias leyes, dioses y rituales, modos de convivencia y de castigo. Pero, el ser humano en su potente evolución cognitiva comenzó a comprender gracias a la mente y voluntad de hombres virtuosos que tenemos un encarnado sentido del bien y el mal cuando nos ilustramos y comenzamos a dar respuesta a las grandes preguntas desde la base de nuestra particularidad. En otras palabras, cada persona tiene el potencial de encontrar sus propias respuestas a sus propias necesidades y orientar estas misma hacia el bien común. Todo lo anterior nos libera de cualquier imposición dogmática lo que nos asegura nuestro más preciado tesoro, nuestra libertad.

Así por ejemplo, se comenzaron a nombrar ciertos principios nobles que no necesitan de una divinidad para seguir lo bueno, justo y bello. Libertad, igualdad y fraternidad comienza a sonar fuerte en la vieja Europa, hombres de bien y formados en las artes del humanismo laicista comienzan manifestar su deseo de liberarse de los fundamentalismos ideológicos para buscar sus propios caminos espirituales.
Así comienzan algunos países a separar fe colectiva del Estado, exigiendo garantías de que nuestros organismos sociales no impongan a la fuerza evidente o de manera agazapada una particular visión de búsqueda de respuestas y de caminos hacia nuestra espiritualidad. Las religiones son tan respetables como las posturas ateas y esotéricas, pero lamentablemente han sido usadas por maleados hombres de poder para controlar sociedades completas con el fin generar beneficios particulares y puestos de poder que garantizan tener a pueblos completos sirviendo a sus necesidades particulares. De esta manera existen organizaciones administradores de fe que poseen riquezas inimaginables pero que profesan la pobreza y la entrega a los desposeídos a vista y paciencia de todos, a aún bajo ese descaro, buscan mecanimos para imporner su visión particular de moral a todos los habitantes de todos los países, y para esto usan sus brazos políticos dentro del Estado, los gobernantes.

Gobiernos de todas las latitudes del mundo, luego de la dolorosa segunda guerra mundial y mediante la Declaración de los Derechos humanos, manifestaron la necesidad de garantizar por parte de los Estados, que toda persona “tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”. Esto hace incompatible que nuestras autoridades elegidas democráticamente tomen decisiones políticas que pierdan el sentido garante de no afectar el libre albedrío de sus gobernados en los planos morales particulares.

Esta capacidad humana de tolerar la existencia de diferencias entre cosmovisiones morales de individuos se llama Laicismo, siendo éste una forma de garantizar que todas las personas dentro de los marcos del bien común y de lo justo, bello y bueno podrán desarrollar sus propias búsquedas de respuestas a sus preguntas existenciales y espirituales, respetando siempre las leyes que cada sociedad ha construido para sí.
El Laicismo no significa tolerar "todo" como principio, no es una venda ciega en los ojos frente a actitudes llenas de odio, maldad e injusticia. El Laicismo y el laicista no toleran el odio racial, la xenofobia, el clasismo y cualquier otra manifestación negativa que atente contra la libertad de los demás individuos de vivir sus particularidades. El Laicismo respeta las diferencias y garantizas su existencia procurando que estas libertades deban enmarcarse dentro de la vida particular de cada individuo y que las acciones públicas propendan siempre al bien común y a la no invasión de las libertades de los demás. Todos son libres de vivir su espiritualidad de manera particular sin invadir la particularidad del otro y menos obligar a que debas pensar de cierta forma.

Por eso es tan importante que nuestros gobernantes gobiernen de manera laicista, sin mezclar sus creencias particulares con las decisiones del Estado, porque aquello atenta directamente a la libertad que debemos garantizar como sociedad para que todos sean libres de buscar sus propios caminos hacia su felicidad.

¡VIVA EL ESTADO LAICISTA, GARANTE DE LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO Y ESPIRUTUAL DE TODO EL PUEBLO!

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