martes, 19 de octubre de 2010

El viaje de la Fénix 2 ¿Dónde metemos la cápsula?

Cumplió su objetivo. Nació de las mentes de los ingenieros de Asmar y de las manos de los soldadores de la misma empresa. Lo made in Chile recupera peso nacional, 4 supositorios metálicos de 3 metros se fueron para el norte como parteras de la madre tierra. Su misión era dar a luz por segunda vez a 33 mineros… misión cumplida señor presidente, dijo el último rescatista, ese que apagó la luz y vio por última vez el útero de la tierra. El carro del triunfo ya estaba listo, ahora es cosa de subirse, el cochero ya está arriba entusiasmado como niño con juguete nuevo y dueño de la pelota. Él no sólo maneja helicópteros en sus ratos libres, también maneja un país con habilidad de director de programa juvenil, nos da lo que queremos, nos evade de las realidades con espectáculos bellos de luces y challas retóricas.

Ahora es la cápsula el fetiche mediático-político, no los hombres sufridos a más de 600 metros de profundidad, que ahora son comida de programas populares, yingonianos y faranduleros. ¿Dónde nos metemos la cápsula? Es la pregunta de la semana, ¿en la plaza de la Constitución, en el patio de la casa de Caburgua, en la ciudad de Copiapó, en las calles inundadas de Talcahuano, en el trasero de alguien?

Chile consume todo esto como maná fundamental de la sociedad que se construye a punta de créditos y de plásticos desechables. Es hora de ir a tomarse fotos con el tubo sacahombres, es hora de ver lo que ya es reliquia de lo nuestro, un logro de nuestra ingeniería a veces menospreciada y ahora tan valorada en algunos aspectos. Todos se quieren meter dentro de ella, quieren saber qué es viajar 15 minutos por un trompa de piedras hasta dar a luz un nuevo hombre, uno que vivía de las picotas y palas y que ahora comerá de los micrófonos y la bulla.

La cápsula representa lo mejor y lo peor de nuestro pueblo, es el ingenio y lo vacío, es lo profundo versus lo superficial, es la dicotomía entre la humildad de sus materiales y la ostentosidad de su puesta en escena. La cápsula debería quedar quizás en la memoria de que sí podemos hacer grandes cosas con nuestras manos y mentes, pero creo que pasearla como trofeo de guerra rompe nuevamente con una gran oportunidad de darnos un minuto de credibilidad, de que podemos ser un país que primero piensa antes de actuar. 

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