domingo, 11 de diciembre de 2011

INVITAMOS A LOS JÓVENES ¿A QUÉ?


Decepcionados de la política nacional hay por millones, y no es una percepción subjetiva personal, cerros de papeles con datos y encuestas exponen la realidad,  la gente no le cree ni se siente representada por los actuales partidos políticos y sus figuras en los puestos de poder. ¿Razones?, habrá tantas como personas, pero hay causas generales como la incoherencia sistemática entre los discursos y la práctica, corrupción, complicidad con los poderes económicos en generar inequidad y abusos, desinterés en la profundización de la democracia, nepotismo, y concentración del poder económico y político en castas familiares (etnogamia). Esto es más grave aún en los nacidos dentro de esta neo-democracia chilena a partir de los 90. Ellas y ellos se criaron en una democracia de cartón, protegida constitucionalmente de ideologías contrarias al neoliberalismo impuesto a la fuerza en la dictadura, con padres amputados de esperanzas y endeudados, que le enseñaron a sus retoños que la política es mala, sucia y que nunca va a cambiar, con políticos que dicen no ser políticos, y que acuñan frases como “no politicemos el debate” (que es lo mismo que un abogado diga “no judicialicemos el juicio”). En Chile estamos inscritos sólo 1/3 de los que estamos en condiciones de votar, y de esa fracción sólo el 1% milita en algún partido, en otras palabras el sistema no es representativo. ¿Con qué cara invitamos a los jóvenes a inscribirse si no hay garantías de cambio en su realidad? Urge que los partidos políticos se renueven (pero de verdad) desde sus propias bases, nuestra democracia necesita de mayor validación para evitar la aparición de caudillos con ambiciones personalistas o lo que es peor, que las movilizaciones sociales tengan una escalada de violencia que debilite la coexistencia republicana. Quizás sea necesario que la sociedad civil se organice y haga de sparring a los partidos, levantar referentes que compitan por canalizar y representar las demandas sociales, es decir, ampliar la oferta política para que podamos refrescar participativamente los fondos y las formas de construir una sociedad más fraterna, justa y solidaria.

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