lunes, 4 de marzo de 2013

Los desafíos para la unidad de la izquierda.





La izquierda, al contrario de la derecha, es esencialmente diversa. Diversa porque centra sus valores en ideas colectivas y el colectivismo asume el esfuerzo de coexistir con un otro libre e independiente, para formar un tejido social que abrigue condiciones materiales y culturales básicas que permitan a cada individuo realizarse y ser feliz en armonía con los demás. Es por ello que la unidad de la izquierda debe ubicarse en la periferia del ego de quienes la conforman, pues el desprendimiento a ese apego de considerar lo propio como más importante o verdad, es una condición sine qua non para la convergencia de visiones y acciones sociopolítica. La prepotencia política individual o colectiva es enemiga de la unidad, desata los nudos de encuentro, los hace débiles dado que la actitud invasiva o impositiva con los otros provoca el atrincheramiento en las ideas propias, pues se nos intenta dominar mediante el peso de ímpetu desproporcionado y no sobre la belleza de los buenos argumentos. La relación entonces pasa a ser una acción de vencer y no de convencer. Nuestra atomización en grupos pequeños es lo que fortalece a los protectores del capitalismo, en consecuencia, la voluntad de encontrarnos requiere una energía interna que permita  sostener un actitud coherente y fuerte, pero dialogante y flexible, pues la unidad requiere adaptación al espacio común que se crea cuando decidimos actuar en conjunto. Pensarnos mejores que las y los otros, asumir una actitud mesiánica y ponderar que nuestras consignas y medios de lucha son un verdad que debe ser aceptadas por los demás, es una postura que aplica cicuta por goteo a la sangre común que alimenta la unidad. Una unidad política diversa requiere una actitud fraterna, hermanar los diálogos y los gestos. Esta asertividad comunicacional, de poder decir lo que se piensa sin violentar a los otros, es fundamental para que los canales por donde transitan las ideas sean amplios y libres de ruidos que interfieran con el sentido de lo que se desea expresar. La verdad la haremos entre todos y todas, pues nuestras realidades individuales y colectivas son solo una parte de la verdad infinita que se muestra y se esconde ante los límites de nuestro contexto y sentidos. Superada la arrogancia del ego gracias al entendimiento de que para convivir en diversidad se debe validar al otro como un ser libre de sumarse o no a nuestras ideas, podremos iniciar el encuentro de ideas frente a un desafío a superar. Ante una problemática siempre existirán varios caminos para resolverla, y si deseamos ser parte de la solución o de una propuesta de solución, deberemos comprender que no siempre nuestras ideas serán consideradas en su totalidad, pues la unidad significa que lo nuevo que se forme tendrá en parte lo nuestro y en parte lo de los demás. En la unidad más pura no hay espacios para hegemonías. Esta flexibilidad no significa que debamos torcer los principios pilares que sostienen nuestro sentido y espíritu de lucha, pues con ello caemos en incoherencias y ellas siempre gatillan tensiones que a la larga logran debilitar hasta el acero más templado. Esta convergencia existirá gracias a acuerdos base que den piso a la construcción conjunta. Ahora bien, los acuerdos bases son siempre tratados dentro de un contexto histórico presente, pues no podemos negar que nuestras diferencias en algún momento harán inviable u obsoleta la herramienta construida en conjunto. Por ejemplo, las y los humanistas consideramos a la violencia como una herramienta infértil e incoherente para la construcción de una sociedad más igualitaria, fraterna y humanista. Si existen grupos que dan sentido el manifestar su rabia interna mediante la violencia física contra bienes o personas, nosotros seguiremos un camino propio, pues no vemos virtud alguna en luchar contra la violencia del sistema mediante más violencia, la cual al fin y al cabo será abono para el neoliberalismo, que necesita opositores viscerales que no sean capaces de sumar al pueblo mediante el entendimiento. Otro desafío será superar la mirada miope y los apuros, pues el cortoplacismo y la falta de prudencia han sido condenas para los grupos políticos que han puesto la mantención (u obtención) del poder como el fin último ¿De qué nos sirve el poder si no hacemos realidad nuestro discurso? Una convergencia sustentable será aquella que genere agenda propia y respete un método consensuado de crecimiento y fortalecimiento. Si respondemos a las provocaciones del medio y a los tiempos de la oligarquía, seremos un bote colectivo que responderá a las corrientes marinas y no a la voluntad de sus propios remos. El desafío que tenemos hoy, de hacer cuerpo común para enfrentar el control político del neoliberalismo, requerirá de madurez y prudencia, pues los termocéfalos y los imprudentes al interior de la propia izquierda serán los primeros oponentes a vencer. Saber trabajar con otros sin temor de perder identidad propia, será posible una vez que extendamos puentes de confianza y de buen trato, y no me cabe duda que sabremos poner esta voluntad colectiva por sobre impulsos de dominación o de separación que tienta a veces cuando se diluye nuestro poder dentro del cuerpo comunitario.

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