lunes, 17 de agosto de 2009

Un momento de èxtasis.

Estoy muy contento, alegre, animado y dispuesto a vivir con devoción la vida misma en este mismo momento. Te preguntarás qué pasó, de dónde tanto -color-, tanta algarabía, pues bien, -vengo de hacer clases-. Sí, así de simple y "fome" es mi secreto. Pero hoy no fue una clase cualquiera, a pesar de ser los mismos estudiantes de siempre y yo el mismo docente. Hoy enseñé con ánimo, más que otras veces, y debe ser porque ando en uno de esos días que el agua de la ducha tiene la temperatura ideal, donde no has sentido frío ni hambre, donde la ropa está cómodo y las cosas marchan con una sincronía mística y agradable. Y eso se reflejó en la clase, mis alumnos estaban alegres, nos reímos mucho, preguntaron, estuvieron atentos a cada detalle, y eso me hacía esforzarme más y más por querer que entendieran el diseño de Bohr y su átomo planetario, los enlaces covalentes y sus promiscuas asociaciones moleculares. Me sentía como arriba de un escenario, y mis niños eran un público que no se perdían escena ni trama del drama de la energía electromagnética y las mutaciones cromosómicas. Es más, algunos creo que tomarán menos sol este verano.
Me di cuenta, que una buena clase no depende de los alumnos, no depende de los contenidos, no depende de la sala, no depende de los recursos... depende de mí, de mis expectativas, de mi amor por el enseñar, por el egoísmo de querer sentirme grato y satisfecho, de mi paciencia y disposición con los jóvenes, a tolerar las diferencias de ritmo cognitivos, a generar lazos de confianza, a crean una cultura en la sala, a saber escuchar y a aprender a respetar la disciplina tanto para mí, como para los otros.

Hoy me siento bien, por dejarme poseer en un momento por un verdadero y dedicado profesor.

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