sábado, 26 de junio de 2010

Cuando ya se hace tarde...


Muchos no deben darse cuenta de lo corta que es la vida. Esa manía del ser humano de medir el tiempo en base a su presente-pasado-futuro el mismo tiempo y no meditar que el ahora se agota con cada fracción de segundo que pasa. Nunca se hace consciente de lo que está pasando en ese momento, es la pérdida irrecuperable de oportunidades de hacer cosas y que estás más cerca de morir que hace un rato.
Muchos se dedican a gastar su tiempo en asuntos sin pensar en los demás, pero sí con importancia para ellos, pensado quizás que ya tendrá oportunidad de hacer algo por otros cuando sea necesario, o simplemente le interesa sólo lo que concierne a él y su círculo más cercano que carga como una responsabilidad social. Pero al igual que cuando uno apoya la espalda desnuda en una loza fría y se da cuenta de la realidad fuera de nuestro cuerpo, así también se nota de manera brusca que todo lo que tiene no le sirve a nadie más que a su ego y de herencia para el único par de críos que tiene.
Busca en los cajones polvorientos de su memoria ya gastada, hechos que lo reconforten y que le den el apoyo para soportar el saber que su vida no ha sido  más que el amor a satisfacer los gustos que le adjudicaron en vida. Sabe que no disfrutó de sus hijos e hijas, no tuvo tiempo de sentirlos y verlos crecer. No se acuerda del primer amor de su retoño, no sabe en qué momento dejó de soñar y guardó sus alas de plumas celestiales que hizo en una hoja blanca de papel a los 8 años cuando se decidió a volar por el mundo cantando sobre el placer de caminar con los pies descalzos por el pasto.
La rutina de agradarle a los jefes y a los dueños del capital le consumieron el espíritu, ya no tenía tiempo para vivir, debía hacer lo que corresponde según alguien le dijo, ser serio y responsable; dejó de jalar la cuerda del su destino para entregársela a quien pasea nuestra vidas para que no nos tullamos y podamos seguir produciendo.
Ya sabe que es tarde para aportar a lo importante, ahora ya sabe; no tiene amigos, no tiene sus hijos soñados, tiene unos que no tienen tiempo para verlo, para cuidarlo, los escucha con dolor en los ojos, repetir su discurso de antaño, ese de que deben seguir con la rutina de levantarse, trabajar, llamar por teléfono, comprar, consumir placer y pagar. No hay tiempo para sabarle las manos adoloridas al viejo o a la vieja, no tienen paciencia con sus achaques ni con la ceguera que ahora le consume la retina y el alma.
Ya es tarde, se acaba de dar cuenta que está viejo y que al mismo despertó del sueño del éxito material, tiene todo lo que quiso y pudo comprar, pero nunca se preocupó de tener lo que necesitaba.

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