martes, 9 de abril de 2013

YO PONGO EL CAFÉ


Vamos con los hechos actuales antes que con la historia, quizás así podamos dejar la discusión del pasado para otro momento. Somos muchos seres humanos en un planeta pequeño y eso ya es un problema, lo que hay se debe repartir entre miles de millones. La economía es casi una sola, todo está interconectado e interdependiente, globalizada le dicen. Intentar aislarse y autoabastecerse de todos los bienes (o males) es un delirio, la especialización productiva y la polarización de las capacidades industriales son un hecho. Bélicamente podemos hacer desaparecer el planeta entero, y asumamos que idiotas hay, agitar el panel de avispas es sólo para quienes creen que estar muerto se es más útil que estando vivo. Hay de todo. Por ahí a mediados del siglo XX los ganadores de la guerra nos impusieron un molde económico mundial, y donde no se quiso poner, lo colocaron. Sangre de muchos costó que el ser humano fuese un objeto de los objetos, esclavos del deseo por cosas. Estatus, posicionamiento. La felicidad es algo alcanzable, más que aplicable. Ser humano es trabajar, sobrevivir y comprar para ser. Así no más es la cosa, somos cosas, o mejor dicho cifras o engranajes reemplazables. Todos somos un repuesto del motor de la economía, si no encajamos somos desechados. Las personas duermen, la mediocridad intelectual es la norma, la flojera cognitiva es como se debe ser para no ser aplastado por la realidad. Mejor el espejismo algunos dirán, o más que decirlo lo asumen, tácitamente nos dejamos manosear, canjeamos dignidad por pertenencia. Así no más es, el desarrollo lo es todos, ahora qué es desarrollo, no lo tengo claro, luego de algunos miles de años podemos llegar a la luna pero también podemos morir de hambre si nacemos en el lugar equivocado del mundo. Frente a todo esto hay quienes plantean una dictadura de los trabajadores, pero no me gusta que me dicten aunque comparta algunas cosas, me gusta escribir por mí mismo, los dictados son imposiciones y he aprendido a amar la poca libertad que tengo, y por otra parte no me gusta odiar ni empujar al abismo a los que piensan distinto a mi mente revoltosa y poco clara. El molde o modelo, como le guste llamarle, quizás sistema le suene mejor, como quiera; el asunto es que hoy por hoy tampoco me agrada que me metan el dedo en la boca con esto de la libertad de elección y eso de que me muevo por intereses materiales. Las personas no son felices por tener, simplemente se excitan. Tener es bueno para hacer uso de las cosas, ¿pero tener por tener?; es más que nada rellenar con cosas donde se necesita metafísica, no sé dónde comprar el amor de mamá o la subida de presión que me da al ver la mujer que amo. No he visto una tienda que me facilite la incondicionalidad de un amigo o el abrazo cálido de una amiga, aún no inventan centros comerciales de humanidad. Es tan estúpido y venenoso tener por tener, poder le llaman, pero no es poder, sino debilidad, inseguridad, vacío, abismo de carencias afectivas. La codicia es antónimo a la vida, al amor, a la felicidad, a lo humano. Esto que llaman capitalismo, eso de que la sociedad se ordena y se organiza según las cosas me da angustia ¿Dónde que yo si tengo poquito? No me gusta que me clasifiquen, no soy ni de aquí ni de allá como decía el trovador latinoamericano. Miren, no soy capo en eso de la economía, no me pregunten por fórmulas miren que no es química esto ni estamos calculando la caída de los cuerpos, sino más bien estamos al agüaite de que la olla estalle, y la tapa de los sesos de los pobres quizás donde quedará, en el techo de del dolor del mundo quizás, así como ha sido cuando llegan los teóricos a hablar de cosas que olvidan la esencia de lo que somos. Me gusta la palabra ética, no sé, como que me lleva a pensar en lo correcto y parece que lo correcto es lo que nos hace bien y lo incorrecto es los que nos hace mal… y eso del mal es dolor, sufrimiento, no conozco otra consecuencia del mal que no sea aquello que les digo, entonces, qué nos cuesta ver qué nos hace bien y qué nos hace mal a todos. Cuando mis amigos, mis queridos amigos de la dictadura del proletariado exponen sus razones les encuentro sentido, no somos cosas, somos seres humanos; pero también, así pensando, los que se oponen a las imposiciones y nos atan para empujar nuestras ambiciones personales también tienen algo de razón, pues conozco harto flojo, mediocre, gente sin espíritu, humanos dañinos buenos para tirar la mano para tirar sus gónadas, esos que no aportan más que a su propia modorra. Los codiciosos de lo material y los adictos a la inacción son los problemas de los ·itmos·, y los que estamos entre medio, los que tenemos sueños y ambiciones de crear y tener nuestros éxitos sin apropiarnos de nadie más que de nosotros mismos, quedamos ahí, atrapados en las dictaduras. Y nos matan chiquillos, nos matarán porque a los extremos no les gustan los medios, no existe gente fuera de los clubes, o eres parte o eres enemigo. Bueno, así algunos nos cosifican y nos compran, mano de obra, nuestro trabajo tiene más valor que nuestra vida, pero otros ponen a nuestra libertad por debajo de lo planificado, como si un grupo de elegidos deben definir qué necesita el ser humano y planificar nuestras vidas según criterios ajenos… no, eso no me gusta. Miren, estoy cansado de ser anti algo, pues la verdad hasta los idiotas deben tener la posibilidad de decir idioteces; el asunto es que sean cada vez menos y se opaquen ante las virtudes las mayorías. Tenemos un mundo finito, mucha gente que alimentar y proteger, un futuro que construir y un pasado que conciliar y para avanzar debemos tomar lo mejor de todo y abandonar lo peor de todo, y el criterio de selección que sea la ética, la equidad y la justicia. Todos tienen lo que se merecen y todos tienen lo que se necesita, cómo no va a ser posible buscar la fórmula si pudimos desentrañar los genes de nuestras carnes, cómo no vamos a poder hacer las entrañas de una civilización más justa. No tengo razón en nada y tampoco me equivoco del todo, y es ahí la gracia de esta especie de mono bípedo que habla y razona, que no hay uno igual a otro, pero que todos tienen un mínimo básico que es no querer sufrir. De más que es posible hacer algo, contener a los codiciosos y empujar a la acción útil a los flojos, el asunto es que mientras tratemos de tener la razón, alguien se nos adelanta y nos dicta cómo debemos vivir, sin preguntarnos el cómo queremos hacerlo. Yo pongo el café.

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